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¿Educamos o adoctrinamos?

Os doy la bienvenida a una nueva entrada de mi blog. En esta ocasión quería hablar sobre un concepto que prácticamente todo el mundo rechaza de manera automática: el adoctrinamiento. A simple vista parece un tema sencillo, pero para mí no lo es. Llevo desde el anterior cuatrimestre, cuando Tania nos introdujo este concepto en Teoría de la Educación, dándole vueltas a este tema, pero todavía no he encontrado una respuesta clara. Es por ello que esta entrada es algo más especial para mí, pues es un tema que a mi me concierne especialmente desde que entré en la carrera, y creo que es necesario pararse a pensar sobre qué es realmente lo que estamos haciendo como profesores.

Antes de comenzar, es importante ser conscientes de que, cuando educamos, lo hacemos en base a unos valores que consideramos correctos, en este caso unos democráticos que respeten la libertad, la tolerancia y el respeto.

Sin embargo, cuando escuchamos la palabra “adoctrinamiento” solemos pensar en dictaduras, manipulación ideológica, censura o sistemas educativos diseñados para imponer determinadas ideas. Y, en general, casi todos coincidimos en que eso es algo negativo.

Sin embargo, cuanto más pensaba sobre ello, más me daba cuenta de que quizá el problema no es tan simple como parece. Porque, al final, toda educación transmite valores, ¿no? De hecho, resulta prácticamente imposible educar sin hacerlo.

Me acuerdo que Tania nos pidió que pusiéramos un ejemplo de adoctrinamiento. El que normalmente se nos viene a la cabeza es el de una figura adulta transmitiendo valores opresivos a un niño, convenciéndole de que esos son los correctos. Sin embargo yo lo ejemplifiqué a través de un padre que plasma su pasión por un equipo de futbol en su hijo. Ante esto, Tania me dijo que eso no era adoctrinar, que simplemente estaba educándole según sus valores. 

No obstante, para mí tenía mucho sentido que el hecho de que un padre inculcase la pasión que él siente por un equipo a su hijo desde pequeño se tratase desde inculcar, pues al fin y al cabo está transmitiendo a un ser que no es capaz de razonar una serie de ideas simplemente porque él considera que son las correctas.

Pero claro, la respuesta que Tania me proporcionó me hizo reflexionar mucho, pues hasta ese momento no me había detenido a pensar cual era la diferencia entre adoctrinar y educar. Es por ello que tras pensar y pensar llegué a una especie de conclusión. La principal diferencia entre ambas radica en que si los valores que transmitimos los consideramos peligrosos e inadecuados o no.

Cuando un sistema educativo enseña igualdad, tolerancia, democracia, respeto o pensamiento crítico, normalmente hablamos de educación. En cambio, cuando transmite valores autoritarios, discriminatorios o extremistas, rápidamente utilizamos el término adoctrinamiento. Y aquí es donde aparece la cuestión que me parece realmente interesante: ¿qué diferencia de verdad ambas situaciones?

La respuesta intuitiva parece clara. Unos valores son correctos y otros no. Pero precisamente ahí surge el conflicto. Si el criterio que utilizamos para diferenciar educación y adoctrinamiento depende de considerar unos valores moralmente superiores a otros, entonces el debate deja de ser educativo y pasa a convertirse en un problema moral mucho más profundo.

Porque, al final, no parece que rechacemos la transmisión de valores en sí misma. Lo que realmente rechazamos son determinados valores concretos. Dicho de otro modo: no consideramos problemático que la escuela influya en cómo piensan los alumnos siempre y cuando los valores que transmita nos parezcan adecuados.

Y esto plantea una cuestión bastante incómoda. ¿Existe realmente una educación neutral? A menudo se habla de neutralidad educativa como si fuera algo alcanzable, pero cuanto más se analiza, más difícil parece sostener esa idea. Incluso enseñar conceptos aparentemente universales como igualdad, libertad o democracia implica asumir previamente que esos valores son correctos y que merecen ser transmitidos a las nuevas generaciones.

De hecho, quizá el requisito fundamental para que la educación sea completamente neutra sea no transmitir valores de ningún tipo y aceptar cualquier ideal que los niños desarrollen, desde los más democráticos hasta los más autoritarios. 

Sin embargo, toda educación parece contener inevitablemente una visión concreta del mundo. La forma en que se enseña nunca es completamente neutra. Siempre existe una selección previa de contenidos, enfoques y valores considerados importantes. Y esa selección inevitablemente responde a una determinada idea de lo que una sociedad considera deseable.

Llegados a este punto, quizá la verdadera cuestión no sea si la educación debe transmitir valores, porque probablemente eso sea inevitable. La cuestión realmente problemática es otra: ¿quién decide qué valores son aceptables y cuáles no?

Muchas personas responderían rápidamente que debe decidirlo la democracia, el consenso social o los derechos humanos. Sin embargo, esto tampoco elimina completamente el problema. A lo largo de la historia, numerosas ideas que hoy consideramos moralmente inaceptables fueron defendidas durante siglos como algo completamente normal e incluso correcto. Del mismo modo, muchas sociedades del pasado estaban convencidas de poseer la verdad absoluta mientras educaban a sus ciudadanos bajo esos ideales.

Esto da lugar a una reflexión inquietante. Si las ideas morales cambian con el tiempo, ¿cómo sabemos que nuestros valores actuales son objetivamente correctos y no simplemente los predominantes en nuestra época? Y si realmente creemos que nuestros valores son los adecuados, ¿en qué momento transmitirlos deja de ser educación y empieza a convertirse en una forma de imposición ideológica?

Además, existe otra contradicción interesante. Solemos defender que los alumnos desarrollen pensamiento crítico y capacidad de cuestionar el mundo que les rodea. Pero, al mismo tiempo, existen ciertos principios que prácticamente ninguna sociedad está dispuesta a permitir que se cuestionen dentro del sistema educativo. Esto parece indicar que incluso las sociedades más abiertas establecen ciertos conceptos ideológicos que consideran irrefutables.

Y quizá eso sea inevitable. Tal vez una sociedad no pueda sobrevivir sin transmitir una base mínima de valores compartidos. El problema es que aceptar esto implica reconocer que toda educación contiene inevitablemente cierto grado de influencia ideológica, aunque normalmente reservemos la palabra adoctrinamiento únicamente para aquellas ideologías con las que no estamos de acuerdo.

Por eso, cuanto más pensaba sobre el tema, más difícil me resultaba encontrar una línea clara entre educar y adoctrinar. Porque si educar consiste, aunque sea parcialmente, en transmitir una visión concreta de lo correcto y lo incorrecto, entonces la diferencia entre ambos conceptos quizá no dependa tanto de la existencia de influencia sino del juicio moral que hacemos a la hora de decidir si esa influencia creemos que es positiva o no.

Y eso nos devuelve de nuevo a la misma pregunta: ¿existe realmente un criterio objetivo que diferencie educación y adoctrinamiento, o simplemente utilizamos ambas palabras dependiendo de si compartimos o no los valores que se están transmitiendo?

Porque si toda educación transmite inevitablemente una visión concreta del mundo, entonces quizá el problema no sea si adoctrinamos o no, sino qué tipo de adoctrinamiento consideramos aceptable. 

Y tú, ¿dónde crees que está realmente la línea entre educar y adoctrinar? ¡Dale una vuelta!


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