Esta última entrada se va a salir un poco de lo habitual, ya que en esta contaremos con el apoyo de Saray Gómez. Nuestra colaboración nace de una problemática que ambos hemos detectado, la creciente falta de disciplina y la incapacidad para poner límites a los niños en nuestra sociedad. Yo, por mi parte, me centraré en la sobreprotección y el miedo a frustrar, es decir, del porqué de esta indisciplina. Por otra parte, en el blog de Saray se tratará la necesidad de los límites y la responsabilidad. Llevamos días preparando esta reflexión compartida y esperamos que disfrutéis tanto leyéndola como nosotros escribiéndola, ¡gracias por vuestro apoyo!
Para entender por qué cada vez vemos más problemas de disciplina tanto en las aulas como en casa, creo que primero debemos reflexionar sobre cómo ha cambiado nuestra manera de educar en los últimos años. Durante mucho tiempo, la autoridad se entendía de una forma demasiado rígida, y como respuesta a ese modelo más autoritario hemos intentado construir una educación mucho más emocional y cercana con los niños. El problema es que, en muchas ocasiones, quizá somos demasiado comprensivos.
Actualmente vivimos en una sociedad donde parece que cualquier límite puede resultar negativo para el niño. Muchos adultos sienten miedo de frustrar al niño por exigirle algo que le va a requerir un esfuerzo conseguir, incluso de decir “no” para no hacerle sentir mal. Queremos evitar conflictos, enfados o rabietas, y sin darnos cuenta acabamos cediendo constantemente para que el niño esté tranquilo y feliz. Pero educar no consiste únicamente en evitar emociones incómodas.
Creo que poco a poco hemos ido confundiendo proteger con sobreproteger. En nuestro intento de ofrecer una infancia más feliz, muchas veces terminamos eliminando cualquier dificultad del camino. Si algo les cuesta, intervenimos rápido. Si aparece una dificultad, buscamos solucionársela inmediatamente. Si una norma genera enfado, se flexibiliza. Y aunque todo esto nace desde el cariño y la buena intención, también tiene consecuencias importantes en el desarrollo de los niños.
La frustración forma parte del aprendizaje. Un niño necesita experimentar que no siempre puede conseguir lo que quiere, que existen normas y que sus actos tienen consecuencias. Precisamente ahí es donde se desarrollan habilidades tan importantes como la paciencia, el autocontrol, la constancia o el esfuerzo. Sin embargo, cuando evitamos continuamente esas pequeñas dificultades, el niño termina teniendo cada vez menos herramientas para enfrentarse a situaciones reales que requieren tolerancia o responsabilidad.
Esto se refleja mucho en el aula. En ocasiones encontramos alumnos que tienen grandes dificultades para aceptar un “no”, esperar turnos, respetar normas o asumir errores. Y no siempre ocurre por falta de capacidad o por mala intención, sino porque han crecido en entornos donde muchas veces los límites han sido demasiado flexibles o negociables. Cuando un niño se acostumbra a que todo se adapte constantemente a sus deseos, le cuesta comprender que el mundo funciona también con normas, responsabilidades y límites compartidos.
Esto es algo que me preocupa mucho y creo que ha cambiado radicalmente en cuestión de muy pocos años. Cuando yo era niño, que no es hace tanto tiempo, tanto los padres y profesores de mis amigos como los míos tenían mucha más autoridad que los de hoy, o al menos eso creemos.
Saray y yo lo hemos hablado muchas veces, si nuestros padres decían no, era no, nunca quizás. Y eso es algo que ha cambiado mucho, pues muchos padres han perdido la capacidad de que su palabra realmente valga, pues han negociado tanto con sus hijos que estos adquieren una capacidad de influencia en la decisión de los padres preocupante.
Esto lo voy a ejemplificar desde mi propia experiencia. Cuando tenía unos diez años, tuve la típica rabieta de niño, y mis padres me castigaron 1 semana sin consola. Ante esto, mi reacción fue aumentar la rabieta y suplicarle que me levantara el castigo a lo que mis padres reaccionaron aumentando la duración del castigo. Estuve un buen rato hasta entrar en razón y tranquilizarme, hasta el punto que el castigo se alargó hasta los 6 meses.
Claramente, no fue una situación agradable para ninguno de los tres, y yo en su momento estaba muy enfadado con ellos. Sin embargo, a día de hoy les agradezco enormemente que no me hayan levantado el castigo, pues gracias a este, aunque lo pasara mal en su momento, comprendí que no puedo tener todo lo que quiera cuando lo quiera, y que frustrarse y reaccionar mal ante algo solo empeorará la situación. Y, lamentablemente, creo que cada vez se ven menos este tipo de castigos, pues a la mínima que el niño esté mal, se prioriza el que el niño no lo pase mal, por muy necesario que sea.
Además, muchas veces intentamos reforzar tanto la autoestima de los niños que acabamos evitando cualquier situación que pueda hacerles sentir incómodos o inseguros. Pero sentirse capaz no es lo mismo que aprender realmente a serlo. La verdadera confianza no aparece porque un adulto diga continuamente “todo lo haces bien”, sino cuando el niño descubre que puede superar dificultades y seguir adelante.
Por eso creo que el problema de la indisciplina no nace únicamente de los niños, sino también de cómo los adultos hemos cambiado nuestra forma de educar. En muchas ocasiones hemos dejado de sentirnos cómodos ejerciendo la autoridad, quizá por miedo a parecer demasiado estrictos o por querer mantener siempre una relación positiva con los menores. Sin embargo, poner límites también es educar.
Los niños claramente necesitan afecto, comprensión y escucha, y eso es algo que nadie niega, pero también necesitan adultos capaces de sostener normas coherentes, incluso cuando eso genere enfado o frustración momentánea. Porque crecer no significa vivir evitando cualquier dificultad, sino aprender poco a poco a enfrentarse a ella.
Después de reflexionar sobre cómo hemos llegado a una educación cada vez más permisiva, creo que también es importante preguntarnos qué necesitan realmente los niños para crecer de forma sana y responsable.
Es por ello que os animo a leer la entrada de mi compañera Saray, donde aborda la importancia de recuperar los límites y entender la disciplina no como castigo, sino como una herramienta educativa necesaria. ¡Dale una vuelta!
.jpeg)



Comentarios
Publicar un comentario